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La lección final de la naturaleza para el hombre

Es imprescindible avanzar hacia una ecología integral, en la que subyace la justicia y responsabilidad con las generaciones venideras aplicando elprincipio del Bien común que presupone el respeto de la persona humana como tal. Una ecología que abrace el principio de igualdad entre los seres humanos y el resto de seres de la naturaleza.

La Iglésia católica (junio 2015) hace un llamamiento a la protección de la casa común a través de una nueva encíclica escrita por el Papa Francisco I. Laudato si (Alabado seas, en la versión en castellano), que es la frase inicial del Cántico de las Criaturas de san Francisco de Asís, es el título de este documento dirigido a la comunidad católica. Este documento del Vaticano reconoce que “basta mirar la realidad con sinceridad para ver que existe un grave deterioro de nuestra casa común”. Dada la influencia política de la religión católica en el mundo actual, este documento es importante pues reconoce unos cuarenta años más tarde lo que ya en 1972 dejaron claro los científicos en el llamado Manifiesto por la Supervivencia1

La clave de este deterioro ambiental está en la relación que mantiene el ser humano con su entorno. Aprovecho la ocasión para recopilar un texto de Andreas Mortiz, un naturópata, que desde un punto de vista propio enfoca muy bien el fondo de la cuestión: 

"El género humano se ha distanciado de la naturaleza al creerse superior a ella y comportarse como tal. Se nos enseñó que teníamos que someter a la naturaleza o luchar contra ella para sobrevivir. Al tratar los animales como esclavos, y a matarlos sin mostrar ningún respecto ni gratitud hacia la vida, nos hemos desconectado del resto del mundo natural. Al incendiar los bosques y contaminar el agua y el aire, hemos dado la espalda a la sabiduría contenida en esos mismos árboles, plantas, flores, insectos e incluso montañas y arroyos. Muy pocas personas saben que los indios americanos y otras antiguas civilizaciones se comunicaban con toda la creación del mismo modo en que nosotros nos comunicamos con nuestros amigos o seres queridos. No se consideraban superiores ni inferiores a la naturaleza. Antes bien, se veían como iguales de los animales, las flores, los pájaros y los árboles; o se creían que eran uno de ellos. Su profundo respeto por todas las formas de vida era un fiel reflejo del respeto que sentían los unos por los otros y hacia sí mismos.

La inteligencia del ADN de una hormiga o una ameba no es muy diferente de la del nuestro. Foto: National Geographic.

La consciencia impregna hasta la última fibra de la creación. Todo lo que existe está basado en ella. Dado que la mayoría de la gente no sabe quien o qué es, proyecta ese mismo velo de ignorancia sobre todas las cosas. Eso le impide descubrir su verdadera identidad en los objetos o seres externos a ella, y cree que los gatos, los perros, las vacas, las hormigas, las flores, los árboles, las células, los átomos, etcétera tampoco son conscientes de su existencia. Esta falta autoinducida de comunicación con la naturaleza ha reforzado nuestro sistema de creencias, que afirma que el hombre no puede comunicarse con otros seres, ya sean animales o plantas. Sin embargo, ser consciente va en la propia naturaleza de la consciencai; y esto es aplicable a todo lo existente.

La consciencia es la clave
La Consciencia Universal, a la que solemos llamar Dios, es el “ingrediente” esencial de todo lo existente y, por tanto, ninguna de sus manifestaciones puede ser más valiosa o importante que las demás, con independencia de si dicha manifestación tiene un cerebro humano altamente desarrollado o el sistema nervioso de una hormiga, relativamente sencillo en comparación. Toda existencia tiene base por la inteligencia de la consciencia. Su presencia en nuestro cuerpo permite tener una vida física. De la misma manera, la consciencia presente en el cuerpo de la hormiga también le permite vivir su vida.

Todas las especies de animales, plantas, flores, insectos y minerales, e incluso los átomos, tiene su propia forma de inteligencia o alma. Foto: Fundación Tierra.

La inteligencia del ADN de una hormiga o una ameba no es muy diferente de la del nuestro. La razón de ello es que la inteligencia de la consciencia que opera en la célula de una hormiga tiene que saber casi tanto como la de una célula humana para sobrevivir en este mundo. Ambos tipos de ADN han grabado una cantidad inmensa de información referente no sólo a las complejas funciones de sus propios organismos, sino también a la as intrincadas conexiones que hay entre el microcosmos y el macrocosmos, además de millones de años de evolución planetaria. Todo ello es necesario para que tanto la hormiga como el ser humano puedan vivir (o sobrevivir).

Cuando decimos “la naturaleza es muy sabia”, nos referimos a ella como a un ser consciente, una forma de inteligencia. Todas las especies de animales, plantas, flores, insectos y minerales, e incluso los átomos, tiene su propia forma de inteligencia o alma. Los cuentos de hadas describen diversos tipos de seres que ya no consideramos reales. Parece que las hadas, los espíritus naturales y los ángeles han sido desterrados, por así decirlo, al mundo “irreal” por nuestra incapacidad para verlos y para comunicarnos con ellos. En un intento de ser realistas y científicos, podemos afirmar enérgicamente “Yo sólo creo en lo que ven mis ojos!”.  Mi cerebro sólo me permite percibir lo que ya conozco y considero auténtico; el resto de la información es automáticamente filtrada hasta eliminarlo. Lo que llega a mi mente consciente no hace sino confirmar lo que ya creo que es verdad.

El género humano se ha distanciado de la naturaleza al creerse superior a ella y comportarse como tal. Foto: Fundación Tierra.

Portada del libro publicado por Ediciones Obelisco

Ya va siendo hora de abandonar todos los sistemas de creencias que tienen una influencia tan restrictiva, porque son castillos en el aire. Atenerse a lo que uno considera que es lo verdadero significa vivir en el pasado, lo cual puede o no ser relevante para el “ahora”, que es la única realidad. El presente se renueva a cada instante y no lo podemos desentrañar, revivir ni comprender por los recuerdos del pasado.  Los sistemas de creencias no son más que recuerdos de lo que hemos aprendido o experimentado tiempo atrás. La experiencia es lo primero: le sigue un concepto o cognición intelectual capaz de explicar lo que hemos vivido. Pero como el intelecto no puede revivir la experiencia, su idea de la misma – que ya es un recuerdo- se desvincula forzosamente de la realidad.


Somos iguales a los demás seres, no superiores a ellos. Somos uno con todos ellos. Los animales viven esta unidad… Será paradójico, pero la extinción colectiva de especies enteres de animales nos ayuda a aprender a amar lo que antes dábamos por sentado. No los apreciábamos cuando estaban con nosotros, pero ahora que se han ido los echamos de menos…

Muchas personas se están dando cuenta  ahora de esta tragedia y están percibiendo la difícil situación de estos animales, que ahora mismo tiene grandes dificultades para compartir el planeta con nosotros.

Más del 50 % de las especies que han tenido la Tierra como hábitat durante miles de años ya se ha extinguido; y, de los restantes, cada vez más están amenazadas o al borde de la extinción. Este drástico cambio de vibración planetaria ejerce una influencia muy desestabilizadora sobre el conjunto de la humanidad. Per también nos enseña muchas cosas". (2)

 

(1) Goldsmith, Edward; Allen, Robert; Allaby, Michael; Davoll, John; Lawrence, Sam; “The Ecologist's Blueprint for Survival”, publicado en la revista The Ecologist, 1. ed., volumen II, Reino Unido, enero 1972 (posteriormente editado en formato libro como The Ecologist's Blueprint for Survival. El libro fue traducido el mismo año 1972 en España por Alianza Editorial con el título: Manifiesto ecologista para la supervivencia

(2) Texto del libro "Es hora de vivir" de Andreas Moritz, publicado por Ediciones Obelisco, Barcelona 2011.