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Cuando estés enfrentándote a la calamidad






Cuando estés enfrentándote a la calamidad no te abandones a la desesperación.
Saadi de Shiraz (poeta sufí, siglo XIII
Cada año los desastres naturales aún cuando algunos cada vez tengan menos de naturales si consideramos que su poder devastador está relacionado con el llamado cambio climático se ceba miles de víctimas. El octubre 2005 la tormenta tropical Stan asoló Guatemala que de acuerdo con el informe oficial, el número de desaparecidos sobrepasa los 1.400  y el número de afectados los 200.000. En El Salvador las lluvias también han acabado hasta ahora con la vida de unas 67 personas y han dejado 67.000 damnificados. La ira desatada por las tormentas tropicales y huracanes va in crescendo. Los países de la franja tropical están entre los más pobres. Cualquier irregularidad climática afecta gravemente a su estilo de vida hasta amenazar su supervivencia. Estas calamidades las vivimos desde el Norte rico sin sentir el peso que realmente causan. Los números de muertos y damnificados casi pueden ser apreciados en su vertiente puramente estadística. Bien es cierto que a cada desgracia las llamadas a la solidaridad y el propio trabajo de las ONG de desarrollo consigue recursos económicos para atender la reconstrucción. Sin embargo, la experiencia demuestra que la gestión de los mismos resulta a menudo compleja. Los paisajes dejados en algunas zonas por el Tsunami de finales del 2004 un año más tarde todavía sufren del total abandono. Lo cierto es que nuestra sociedad informatizada y audiovisual se enfrenta en la mayoría de los casos a las calamidades con un único sentido. Vivir en carne propia o con más de un sentido el impacto ya sea del cambio climático, un terremoto o la simple negligencia humana debería formar parte de nuestro entreno educativo. Nuestra sociedad deberá lidiar en el futuro con más desgracias de las que probablemente hemos soñado si el calentamiento global y la contaminación generalizada no remite. La desesperación no sólo nos aturde cuando nos vemos incapacitados, sino también  porque no hemos sido educados en la humildad y la frugalidad. Ser náufrago en una isla desierta requiere de un importante bagaje cultural para asumir rutinas, hábitos, comportamientos, esfuerzo, etc. para sobrevivir. Es evidente que ante cualquier fatalidad puede ser más mortífera la desesperación o la falta de temple que la misma propia. La desesperación es la emoción que emerge de la falta de confianza en uno mismo. La desesperación nos abate cuando la creatividad no puede expresarse y en circunstancias donde las emociones nos invaden sólo el entreno puede rescatarla. De la misma forma que sólo el entrenamiento nos hacer fuertes. Los habitantes del mundo rico deberíamos no sólo ser entrenados para llevar una vida más frugal sino también para gestionar las catástrofes. Aprender a vivir con menos y valorar más nuestra esencia humana cultivada es uno de los retos para no caer en la desesperación cuando se tiña de negro. En fin, como dice el propio poeta sufí “por más que estudiemos no se puede conocer sin acción”. Y a la mayoría más ecología en acción nos evitaría muchas calamidades. Quizás es hora de ponerse cara el viento.