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Nadie comete el error más grande que aquel que no hace nada porque sólo podría hacer un poco






Nadie comete el error más grande que aquel que no hace nada porque sólo podría hacer un poco
(Edmund Burke)


Probablemente, que en el año 2003 se consumieran 10.500 millones de toneladas equivalentes de petróleo, que el 15 % de la población mundial consuma el 60 % de la energía o que en estos momentos los datos sobre la concentración de dióxido de carbono del laboratorio de la atmósfera de Mauna Loa en Hawai indiquen 376 ppm, con un aumento de 5 ppm desde 2001 y que represente el mayor aumento y a su vez la concentración más elevada de al menos los últimos 420.000 años sobrepasa la comprensión individual. En otro ámbito, se constata que desde que empezó la agricultura hace unos 10.000 años se han cultivado hasta 10.000 especies para la producción de alimentos. Sin embargo, hoy los seres humanos no producimos para nuestra alimentación más de 150 especies y sólo 12 cultivos suministran el 80 % de todas las calorías. Sin duda, en el discurso ecologista, todos estos datos reales, fruto de la investigación y la observación de nuestro entorno, acaban por dejarnos más frustados que sensibilizados. Ciertamente, que estos grandes números son el resultado de una suma de pequeños números. Lamentablemente, estos datos cotidianos, mientras por un lado nos pasan más desapercibidos, por el otro nos parecen demasiado ridículos para hacerles caso. Sin embargo resultan curiosos estos contrastes números entre lo grande y lo pequeño. Así, por ejemplo suponiendo que nos duchamos una vez al día durante unos 5 o 6 minutos con una presión de 10 l/minutos consumiremos unos 19.000 litros de agua en un año. Curiosamente, esta es la cantidad de agua que se precisa para producir un kilo de carne. En otras palabras, teniendo en cuenta que el consumo medio de carne de porcino en España se sitúa en torno a los 70 kg/año, hagamos números y valoremos sólo lo que podemos ahorrar en agua reduciendo nuestro consumo de carne. Encontraremos ejemplos en todos los ámbitos de la vida humana sobre nuestro potencial destructivo a gran escala así como de nuestro poder reparador con nuestra actitud cotidiana. Tenemos que reconocer  esta capacidad que nos caracteriza de cambiar sumando pequeños cambios  a la vez que debemos estimular los sentimientos positivos que acompañan las pequeñas actitudes a favor del medio ambiente. Ir un día a la semana en bicicleta al trabajo, cambiar la bombilla incandescente de la mesilla de noche por una de bajo consumo o dejar de comer 1 de las raciones semanales de carne son más importantes que hacerse biciclista, vivir bajo la luz de unas velas o ser vegetariano. Es más importante reducir un poco con alegría que abstenerse con amargura. Un mundo más ecológico es, a parte de no contaminado, un mundo con humanos felices. Aceptar plenamente los principios de la sostenibilidad es una cuestión de práctica. Los primeros pasos hay que darlos entre dos sillas cercanas.