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Syriana




 

 


Syriana despliega a los peores demonios que atizan los combustibles fósiles



La vida de un exagente de la CIA sirve de telón de fondo para adentrarnos en las entrañas de la corrupción en estado puro


ficha técnica
Syriana

Título original: Syriana
Dirección y guión: Stephen Gaghan
Actores: George Clooney, Matt Damon, Alexander Siddig, Amanda Peet, etc.
Productores: George Clooney,
Steven Soderbergh, Georgia Kacandes, Michael Nozik, Jeff Skoll,
Fotografía: Robert Elswit
Música: Alexandre Desplat
Género: Thriller
Duración: 126 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Año: 2005
Distribución: Warner Bros




Syriana
Sangre y petróleo

Somos ajenos a que lo que hay detrás de cada gota del petróleo que consumimos. Simplemente, tiramos de la manguera de la gasolinera, dejamos una luz abierta que no necesitamos o ponemos la climatización sin atender a qué temperatura la fijamos. Nuestra sociedad depende de los combustibles fósiles en un 80 % y sin embargo el suministro de petróleo o gas natural que fluye está concentrado en unos pocos países y de estos los de Oriente Medio proporcionan el 30,4 % de todo el planeta. Que un tercio del petróleo salga de una única región y que esta esté dominada por la cultura islámica ofrece unas componentes sociopolíticas que no pueden escaparse de nuestra cotidianidad con predominio de la civilización occidental.

El petróleo, el oro negro va teñido de sangre. Las guerras en el Oriente Medio y la inestabilidad socipolítica de la región no son puro azar. Desde la llegada de George W. Bush a la presidencia de los Estados Unidos este se ha mostrado contundente en asegurarse el aprovisionamiento de petróleo, especialmente, por que su país consume nada menos que el 20 % e importa el 12 %. Podemos suponer que la política en todas sus manifestaciones: militar, espionaje, empresariado, forman una telaraña única. Todo está conectado con el petróleo. Syriana, la película en la que debuta el director Stephen Gaghan, un personaje claroscuro del mundo de Hollywood ha echado raíces destripando el lado más cruel de la política en el Oriente Medio.

No es un thriller sencillo como tampoco lo es la temática que aborda a partir de una adaptación de la autobiografía See No Evil del exagente de la CIA Robert Baer. Por tanto, hay que advertir que si el espectador busca una película de acción trepidante puede que incluso llegue a bostezar. En realidad la película está construida por secuencias aparentemente inconexas de diálogos sin desperdicio más que por acciones espectaculares. Claro que hay cuatro bien contundentes como es la eliminación por parte de Bob Barnes de unos traficantes de armas en Teherán, pero donde es testigo de cómo le desaparece uno de los misiles Stinger trampa que les había suministrado. El agente Barnes  lo encarna un George Clooney de aspecto desfigurado por los kilos de más que se echó para dar más credibilidad al protagonista. La segunda es la tortura a la que someten a Barnes por parte de un colega sirio que teme que se ha metido en sus asuntos.  La tercera se sitúa casi al final: la fulminación del joven progresista príncipe Nasir, encarnado por Alexander Siddig que nos muestra que con la tecnología actual de los satélites nuestra vida es un puro milagro. Y finalmente, el atentado terrorista del joven islámico Wasim, extrabajador de Connex que ha sido reinstruido en la cálida madrassa local. La fe le convertirá en mártir del islam gracias al misil Stinger "perdido" que impactará contra un barco que transporta gas natural (la escena es sin efectos especiales para definir mejor la magnitud de la tragedia).

La trama sin embargo es de lo más simple, la fusión de dos empresas petroleras para crear un gran holding energético pretende llevarse un contrato del petróleo de un emirato árabe que acaba de establecer un preacuerdo con los chinos, que a los americanos les privaría de garantías en el suministro. Que la fusión empresarial como siempre conlleva despidos y que estos obreros ya de por si marginales, privados del trabajo se convierten en presas fáciles del extremismo islámico. En todo este berenjenal el exagente de la CIA (puro mercenario) quiere llevar a cabo su última misión que le han encomendado que consiste en facilitar el asesinato del emir progresista para que su hermano más dúctil asuma el poder de su país y venda el petróleo a los americanos en lugar de a los chinos a la vez que se impida la reforma demócratica que sueña el príncipe Nasir. El personaje ajeno a toda esta trama es el analista financiero Bryan Woodman, interpretado por el padrazo de Matt Damon que cuenta con una no menos madraza con la cara de Amanda Peet. Woodman pasa a asesorar al príncipe emir merced a que uno de sus hijos se electrocuta en una piscina de la mansión de la familia del emir en la Costa del Sol. Este analista que antepone su trabajo a la familia se volcará en facilitar las ideas reformistas del príncipe. Sin embargo, también será testigo de como se volatilizan sus activos en un instante. Y es que no hay nada como la familia, el idealismo es tan sólo un estado transitorio entre el presente y la muerte súbita.

Más allá de la ficción y aunque se base en la autobiografía del agente de la CIA Robert Baer, acusado de planear el asesinato de Saddam Hussein a mediados de los noventa, está claro que la película pone en escena la interelación entre el gobierno, el tráfico de armas, los magnates del petróleo, los terroristas y los dictadores. Entre estas ciudades inundadas por las arenas del desierto como la de Dubai, que se ofrece de localidad para algunas escenas, se ceba el fervor islámico, pero también la codicia occidental como acicates para que nadie cambie. Hay amenazas más combustibles que las de que un emir utópico siembre la semilla de un Oriente Medio más democrático y humanitario como le enseñaron en las universidades de Occidente. Está claro que un emir que quiera igualdad para la mujer islámica y democracia sólo podía ser pasto de la volatilización a cargo de un ingenio teledirigido por la inteligencia americana a miles de kilómetros pero que ocurre en tiempo real.

La corrupción es el alma del capitalismo. La corrupción hace que nos sintamos más cómodos y seguros... y así lo expresa con una vehemencia inusitada uno de los abogados de la empresa petrolera. El arrebatado diálogo glorificando la corrupción es digno de recordar quizás no tanto en la precisión de sus palabras, que parecen pronunciadas por el mismísimo diablo, como por que en el fondo nos convierte a todos en títeres de un mundo sin piedad. Sin embargo, no podemos olvidar que este mundo a penas dibujado en dos horas, insistimos, nada fácil de seguir, existe merced a nuestra adición al oro negro. La complejidad sólo puede contarse de forma fragmentada aunque finalmente tenga claras repercusiones radicales. Una realidad es aquella en la que los errores de los protagonistas son los errores de todos nosotros.

Sangre y petróleo, radicalismo y corrupción, poder y extorsión no son más que la cara y la cruz de una moneda con la que todos pagamos cada día. Aunque también es cierto que en nuestra vida cotidiana disponemos de muchos elementos para ser menos adictos al petróleo y a su infierno. Syriana, término con  el que los gabinetes de Washington designan una hipotética reestructuración del Oriente Medio, es un cocktel no tanto para olvidar sino para evitar la célebre frase del presidente Georges Clemenceau  a su homólogo Woodrow Wilson: “a partir de este día cada gota de petróleo vale una gota de sangre”. Llevamos demasiados años de progreso con sangre teñida de Syriana. Demasiados años con una ambición al límite, con el orgullo desmedido y con fantasías imperialistas (pregunten sino porque la saga de la Guerra de las Galaxias ocupa el primer lugar entre las películas favoritas de todos los tiempos).

Lo consecuente al salir de la proyección de Syriana sería tomar el compromiso por el ahorro energético, el uso de las energías renovables, la contratación de energía verde en el hogar y de cambiar el coche por la bici. Si la película no es fácil, entrar en la era de la economía solar lo sería más si todos pusiéramos algo de nuestra parte. Mientras no lo hagamos Syriana seguirá siendo una simple trama de lo que acontece a nuestras espaldas pero con nuestro consentimiento gracias a la adicción colectiva por los combustibles fósiles.


Curiosidades...
Syriana, cuenta con guión de  Stephen Gaghan a partir del libro See No Evil: The True Story of a Ground Soldier in the CIA's War on Terrorism, de Robert Baer. Aunque la historia de Syriana no es propiamente una adaptación de las memorias de este exagente real de la Cia sino más bien un ejercicio de reflexiones sobre la corrupción del poder, los intereses energéticos y la fragilidad del mundo complejo en el que vivimos.  Quizás por ello, si en alguna cosa destaca esta película es en la complejidad de los diálogos y que no tiene una lectura convencional. El director investigó sobre el tema central de los intereses del petróleo y contó con la colaboración de Bob Baer quien llevó a Gaghan a visitar las regiones y algunos de los personajes que había conocido cuando trabajado como agente de la CIA desde comerciantes de petróleo, espías, traficantes de armas, etc.
 
Hay que destacar igualmente que una película de Hollywood y con actores de primer nivel en todo su elenco se atreva adentrarse en el intrincado mundo de las intereses de las corporaciones por el petróleo y sus relaciones con el mundo de la droga y el poder y sin tapujos lo ofrezca con la crudeza de este filme. Clooney engordó casi 20 kg para protagonizar Syriana, lo cual dice mucho a su favor pues la renuncia a la imagen de galán para dar realismo al personaje sin duda confiere al espesor fílmico casi la credibilidad de un documental. Además, George Clooney se ha asociado junto con Steven Soderbergh para crear la productora de cine y televisión Section Eight cuyo último proyecto es Buenas noches, y buena suerte (Good Night, and Good Luck), película que narra la legendaria batalla televisiva que mantuvieron el célebre presentador Edward R. Murrow en plena caza de brujas del macartismo, y que ayudó a derrocar al senador Joseph McCarthy.