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El regreso, hora de compensar





El regreso, hora de compensar!
##fechadiario##
Miles de gotas de agua dispersadas en el viento.

Los colores, con su variedad, expresan la riqueza del alma.

Todas las texturas sobre las que pisamos nos tramsiten la historia de un planeta en evolución geológica permanente.



Se acabó el receso vacacional. De nuevo vuelta a las trincheras en las que cada cual trabaja por sus ideales, aunque algunos son poco ideales para la mayoría. Casi en un instante, toda la magia vivida durante este espacio de libertad se volatiliza para quedar tan sólo en el recuerdo. Un recuerdo que, sin embargo, seguro que está cargado de anécdotas, de gozos y, por qué no, de algún susto que podemos explicar. Durante los próximos días, compartir aventuras se convertirá en un tema de conversación entre amigos y familiares.

Cada cual escoje su destino según sus propias ilusiones. Viajes de aventura, viajes de puro placer, viajes culturales, viajes familiares, viajes organizados, viajes en solitario, viajes ecoturísticos. Hay viajes para todos los gustos. El mío ha sido un viaje familiar. Un viaje para reunirme con viejas amistades, depués de más de cinco lustros de no vernos. Y no es por menos, porque vivimos separados por 8.000 km de océano. Así que, para empezar, mi viaje tenía una importante huella de carbono, que ha sido nada más y nada menos que de 7,5 toneladas de CO2 (incluyo los km recorridos en automóvil por el país que, aunque no fueron muchos, equivaldrían a 0,3 toneladas), una cifra que supera mi huella de carbono vital anual.

Para alguien que hacía años que tenía vetado subirse a un avión, estas vacaciones no se iniciaban con gran alegría precisamente. Además, existe todo el absurdo de estas normas de “seguridad” aeroportuaria que nadie se cree pero que todos debemos acatar en nombre de nadie sabe qué. En fin, un compromiso vital a veces exige sus pequeños sacrificios y, por ello, nada más empezar me corresponde compensarlo. La primera idea que se me viene a la cabeza sería invertir, por ejemplo, en la producción de 18.000 kWh (que suponen un ahorro de precisamente 7,5 tn de CO2) de electricidad renovable en un año (o a repartir por los años que no vuelva a volar). La inversión para generar, supongamos, estos kWh en, digamos, tres años, precisaría que invirtiera en una central fotovoltaica -por ejemplo, de  5 kW de potencia durante tres años. Así que la verdad económica de compensar mi viaje familiar seria de 1.200 euros/año (suponiendo que esta central fotovoltaica tiene un período de amortización de 25 años).

Pero en realidad, si me dejara de historias y simplemente pagara mi CO2 a precio del mercado de dióxido de carbono (cotización del día 28 de agosto 2009) pagaría 15,2 euros la tonelada. O sea, que la factura ambiental de mis vacaciones habría sido sólo de 114 euros. Cualquiera, pues, se lo tomaría por la vertiente “oficial”. Pero es evidente que aunque dicen que “el mercado siempre se regula”, la verdad es que no lo hace a favor del medio ambiente. En mi caso, ser consecuente no lo tengo difícil, me basta ahorrar e invertir estos 1.200 euros anuales durante tres años en proyectos de aplicación de energías renovables en la propia organización que me acoge y, además, los podré desgravar fiscalmente. Tengo la posibilidad de amortizarlo en sólo dos años y entonces pagaría 1.800 euros anuales. Como dicen por ahí, “is your choice”.

Sin embargo, no son éstas las cuestiones del debate de las personas que vuelven de vacaciones. A pesar de haber estado de visita en lugares de una gran belleza, de todo mi avión, en la ida -con casi 280 pasajeros- sólo menos de cinco emprendimos camino hacia el país de los árboles, pues el resto se quedaron en un país que se publicita como la suiza de Centroamérica. Pero, como he comentado, mi viaje no era ni de aventura, ni para capturar imágenes a cuál más exótica destinadas a algún concurso fotográfico. Era un viaje de amistad, para reencontrar los sueños y desvelos de personas amadas y no vistas durante un cuarto de siglo. Así que mis vacaciones, en realidad, han quedado teñidas de aromas, de sabores, de colores, de sensaciones, de impresiones, de juergas, pero sobre todo de muchas charlas. Todas ellas sensaciones que acaban sedimentando en nuestro universo íntimo.

Puedo describir la arena negra de una bella playa del Pacífico, el paseo en cayuco por el manglar cuando amanecía, el sonido ensordecedor del sumidero de un río bravo en una bella zona cárstica o del chipi-chipi de la lluvia fina persistente que cae sobre el bosque nuboso, donde las plantas viven sobre los árboles. He recorrido mercados populares donde los nativos no comprendían otros vocablos que no fueran los propios. Mis retinas pudieron capturar miles de instantáneas sin turbar el buen espíritu de sus habitantes, a pesar de que mi rostro pálido me delataba como turista. Pero uno es turista cuando adopta ese aire de superioridad que lo caracteriza. Aunque en determinados lugares es difícil no ser más que una sombra, uno también los puede evitar. Porque viajar es también respetar la intimidad de las gentes y la belleza de sus costumbres, por más que nos sorprendan.

Todo viaje, cuando aborda mundos tan distantes, nos permite reflexionar sobre la importancia de simplemente dejar ser a los otros. Regresé lleno de bellas experiencias, por haber reencontrado a dos personas amigas que me colmaron con su hospitalidad y me dedicaron su tiempo. Regreso, pues, lleno de agradecimiento y de buenas vibraciones. Regreso, nuevamente, con la energía renovada para continuar al frente de las trincheras por un mundo más austero. Y es que el hábito de vivir de forma simple no depende sólo del nivel de riqueza, sino que es una actitud vital que hay que cultivar. De la misma forma que lo es asumir la compensación por los daños colaterales de nuestro estilo de vida, vacaciones incluidas. Pero sólo son ideas…si es que hablamos de ecología práctica.


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