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Aprendiendo del pasado




Aprendiendo del pasado
Alerta 9 - 2007
Nuestra civilización global del siglo XXI no es la primera que hace frente a la perspectiva de un declive económico inducido ambientalmente. La pregunta es cómo responderemos. Tenemos un recurso único en nuestras manos: un registro arqueológico que nos demuestra qué les sucedió a civilizaciones anteriores que se encontraron en apuros ambientales y no supieron responder.


Reproducción de una estatua de Moai típica de la isla de Pascua


Lecho del río Éufrates a su paso por Turquía




Vestigios de la civilización maya, ruinas de Chichén Itzá


Tumba maya



19 de Septiembre, 2007 - Como Jared Diamond apunta en su libro Colapso: Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen, algunas de las sociedades antiguas que se econtraban en apuros ambientales pudieron cambiar sus forma de actuar a tiempo de evitar el declive y desmoronarse. Hace seis siglos, por ejemplo, los islandeses se dieron cuenta que la sobreexplotación del pasto que cubría sus montañas conducía a una masiva pérdida del suelo, de las tierras ya de por sí intrínsecamente delgadas de la región. En lugar de perder los prados y enfrentarse al declive económico, los granjeros se unieron para determinar cuántas ovejas podría sostener el suelo de las montañas, y después se asignaron cuotas entre sí mismos, de manera que preservaron sus prados y evitaron lo que más adelante Garrett Hardin llamó la "tragedia de los comunes."

El islandés entendió las consecuencias del sobrepastoreo y redujo el número de sus ovejas a un nivel que pudiera ser sostenible. Nosotros entendemos las consecuencias de quemar los combustibles fósiles y la acumulación del CO2 resultante en la atmósfera. Pero a diferencia de los islandeses que fueron capaces de restringir el tamaño de sus cabañas de ganado, nosotros no hemos podido restringir nuestras emisiones de CO2.

La salinización de los campos de cultivo de los sumerios
No todas las sociedades lo han llevado tan bien como los islandeses, cuya economía continúa produciendo lana y prosperando. La temprana civilización sumeria del cuarto milenio a.C. fue extraordinaria, avanzó más allá que cualquiera que hubiera existido antes. Su cuidado sistema de irrigación dio lugar a una agricultura altamente productiva, que permitió a los granjeros producir alimentos sobrantes, y dar soporte a la formación de las primeras ciudades. La gestión del sistema de irrigación requirió una organización social sofisticada. Los sumerios formaron las primeras ciudades y crearon la primera lengua escrita, la escritura cuneiforme.

Desde cualquier punto de vista resultaba una civilización extraordinaria, pero había un defecto ambiental en el diseño de su sistema de irrigación, uno que minaría eventualmente su suministro de alimentos. El agua, acumulada detrás de las presas construidas a través del Eufrates fue canalizada hacia los campos a través de una red de canales que funcionaban por la fuerza de la gravedad. Parte del agua se empleaba para las cosechas, parte se evaporaba, y parte se infiltraba. En esa región, donde el drenaje subterráneo era débil, la filtración elevó lentamente el nivel del agua. A medida que el agua ascendía pulgada a pulgada hacia la superficie, comenzó a evaporarse en la atmósfera, dejando la sal tras de sí. Con el tiempo la acumulación de sal en la superficie del suelo hizo bajar su productividad.

Mientras la sal se acumulaba y la producción de trigo descendía, los sumerios cambiaron a la cebada, una planta más tolerante a la salinidad. Esto pospuso el declive de los sumerios, pero se estaban tratando los síntomas, no la causa, de la disminución de la producción de la cosecha. A medida que las concentraciones de sal continuaron aumentando, la producción de cebada también declinó. La crisis de suministro de alimentos resultante minó los fundamentos económica de la que fue en su momento una gran civilización. A medida que la productividad de la tierra declinó, también lo hizo la civilización.

El arqueólogo Roberto McC. Adams ha estudiado un antiguo emplazamiento sumerio en la llanura inundable central del río Eufrates, un área vacía, solitaria, actualmente fuera de los límites de las tierras cultivables. Describe cómo "sólo dunas enredadas, largos diques averiados de canales, y montones de escombros derramados revelan levemente y sin rasgos distintivos un antiguo emplazamiento humano. La vegetación es escasa, y en muchas áreas es casi completamente ausente... Aunque aquí descansa el origen, el centro de la más antigua civilización urbana y alfabeta del mundo."

El declive de la civilización maya y de los pobladores de la isla de Pascua
La contraparte del Nuevo Mundo a los sumerios fueron la civilización maya que creció en las tierras bajas de lo que ahora es Guatemala. Prosperó desde 250 d.C. hasta su derrumbamiento alrededor del 900 d.C. Como los sumerios, los mayas había desarrollado una agricultura sofisticada, altamente productiva, ésta basada en montículos elevados de tierra rodeados por canales que proveyeron el agua.

Como a los sumerios, el declive maya fue ligado al parecer a un fallo en el suministro de alimentos. Para esta civilización del Nuevo Mundo, fue la tala de árboles y la erosión del suelo lo que minó su agricultura. Los cambios en el clima pudieron también haber desempeñado cierto papel. Los periodos de escasez de alimentos parece que activaron un conflicto civil entre varias ciudades mayas para competir por el alimento. Actualmente esta región está cubierta por selva, reclamada por la naturaleza.

Durante los últimos siglos de la civilización maya, una nueva sociedad se desarrollaba en la lejana isla de Pascua, unos 166 km2 de tierra en el Pacífico del Sur cerca de 3.200 kilómetros al oeste de Suramérica y 2.200 kilómetros de la isla de Pitcairn, el asentamiento más cercano. Asentados cerca del 400 d.C., esta civilización prosperó en una isla volcánica con suelos ricos y una vegetación exuberante, con árboles que crecían hasta los 25 metros de alto y con troncos de 2 metros de diámetro. Los registros arqueológicos indican que los isleños comieron principalmente peces y mariscos, principalmente delfines, un mamífero que sólo podía cazarse con arpón desde grandes canoas en alta mar.

La sociedad de la isla de Pascua prosperó durante varios siglos, alcanzando una población estimada de 20.000 personas. A medida que su población de humanos aumentaba gradualmente, la tala de árboles excedía la producción sostenible de los bosques. Los grandes árboles necesarios para construir las robustas canoas desaparecieron, privando a los isleños del acceso a los delfines, constriñendo dramáticamente su suministro de alimentos. Los hallazgos arqueológicos demuestran que en cierto periodo los huesos humanos se mezclaron con los huesos de delfín, sugiriendo la posibilidad de una sociedad desesperada que había recurrido al canibalismo. La isla tiene hoy menos de 4.000 residentes.

Las causas del declive de las sociedades
Una pregunta sobre estas anteriores civilizaciones que resulta incontestable es si sabían qué causaba su declive. ¿Los sumerios entendían que el incremento del contenido en sal en el suelo debido a la evaporación del agua reducía sus producciones del trigo? ¿Si lo sabían, no podían simplemente reunir la ayuda política necesaria para reducir el nivel del agua, al igual que el mundo está luchando hoy sin éxito para rebajar las emisiones de carbono?

Éstas son apenas tres de las muchas civilizaciones tempranas que se desarrollaron sobre una trayectoria económica que la naturaleza no podría sostener. Nosotros estamos también en una trayectoria parecida. Cada una de las múltiples tendencias de degradación ambiental actuales podría minar nuestra civilización tal como la conocemos. De la misma manera que el sistema de irrigación que definió la economía sumeria tenía un defecto, también lo tiene el sistema de energía basado en combustibles fósiles que define nuestra moderna economía. Para ellos era el incremento del nivel del agua lo que minó su economía; para nosotros es el incremento del nivel de CO2 el que amenaza interrumpir nuestro progreso económico. En ambos casos, la tendencia es invisible.

Lo que fuera que resultara de la salinización de los campos de cultivo sumerios, la tala de árboles y la erosión del suelo de los mayas, o del agotamiento de los bosques y la pérdida de la capacidad de pesca aguas adentro de los isleños de Pascua, el derrumbamiento de estas civilizaciones antiguas aparece asociado a una disminución en el suministro de alimentos. Hoy día la adición anual de más de 70 millones de personas a una población mundial por encima de los 6.000 millones en un momento en que están disminuyendo los niveles de agua, en que las temperaturas se está elevando, y en que los pozos de petróleo se empiezan a reducir, sugiere que el suministro de alimentos pueda resultar otra vez el vínculo vulnerable entre el medio ambiente y la economía.


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Adaptado del capítulo 1, “Entering a New World” de Lester R. Brown, Plan B 2.0: Rescuing a Planet Under Stress and a Civilization in Trouble (New York: W.W. Norton & Company, 2006), disponible en www.earthpolicy.org/Books/PB2/index.htm

Lester R. Brown - Earth Policy Institute
www.earth-policy.org