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Huertos para todos

Cultivar un pequeño huerto, aunque sea testimonial y para consumo propio, debería ser un derecho y un deber de todos y todas. La dinámica del mundo moderno nos ha ido alejando de aquello que es fundamental para la vida, y muchos tienen grandes conocimientos informáticos, legales y de idiomas, y sin embargo desconocen totalmente los procesos y ritmos de la naturaleza que nos rigen. Es muy posible, que en un futuro no tan lejano sea más útil saber cuándo se debe plantar una patata, que saber decir patata en cinco idiomas.

Y aquí empieza de nuevo la vida.

La agricultura ha vivido transformaciones muy importantes desde su aparición hace más de 10.000 años. Siempre ha supuesto un impacto en el territorio, pero hasta hace pocas decenas de años, respetaba los ciclos naturales biológicos y mantenía relación con la ganadería. En el siglo XIX y XX, se empezó a extender la agricultura química fruto de los avances científicos y el reto de acabar con el hambre en el mundo. Esta nueva forma de explotar la tierra se ha revelado como cara, contaminante, y con muchos inconvenientes (monocultivos y pérdida de biodiversidad, simplificación de los agrosistemas, erosión y fatiga de los suelos, dependencia de la compra de semillas híbridas, nuevas plagas, uso indiscriminado y creciente de fertilizantes y pesticidas, etc.).

En las últimas décadas el oficio de agricultor se ha ido desprestigiando. La agricultura convencional ha convertido a los antiguos cuidadores de la tierra en obreros a destajo. Sin embargo, el auge que está tomando en la actualidad la agricultura ecológica está transformando esta dinámica. Para algunos, volver al campo significa volver atrás. Antiguos trabajadores del campo ven que sus hijos, con carrera universitaria, deciden volver a la tierra, y no entienden las motivaciones, razones y sentido de esta decisión. Pero hay gente a la que compensa y libera sentirse parte activa del cuidado del paisaje y generadora de sanos alimentos.

 

Volver de forma renovada

Lo cierto es que todos necesitamos el contacto con la tierra y la naturaleza, aunque algunos lo perciben de forma más clara que otros. La preocupación por el deterioro ambiental, por la poca calidad de los alimentos que llega a los establecimientos comerciales, incluso sus riesgos por las cargas químicas, a parte del interés por conocer lo que nos da vida, lo que nos nutre y da energía, están devolviendo a mucha gente las ganas por recuperar esta práctica en la medida que lo permiten sus vidas y espacios. Lo cierto es que los conocimientos científicos y el desarrollo tecnológico actual, unido a la sabiduría tradicional, están permitiendo que la agricultura ecológica sea un modo de cultivar la tierra saludable para el planeta y las personas, pero partiendo de argumentos y datos contrastados, con criterios técnicos, sin olvidar la sostenibilidad del sistema a largo plazo. Ésta agricultura se fija en el funcionamiento de la naturaleza e intenta imitarla, sacando partido a la interconexión entre todos los elementos. De esta forma, coge las cosas buenas de los modelos más tradicionales y las aportaciones modernas para conseguir un modelo con sentido común.

Las semillas son un tesoro que no debe perderse y que constituye un valuoso patrimonio genético y cultural.

A nivel español se valora (según el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación) que en 2008 se incrementó en un 33% la superficie de cultivo utilizada con criterios ecológicos y los operadores subieron un 16%, respecto al año anterior. Eso significa que en 2008 se llegó a 1.317.751 hectáreas conreadas de forma ecológica, situando España como uno de los países más prolíficos a nivel mundial en esta materia. Andalucía es la comunidad que más destaca en esta evolución con el 60% de la superficie a nivel estatal, seguida de Castilla la Mancha. Sin embargo estos datos a veces confunden, porque gran parte de la superficie responde a pastos para la ganadería ecológica, no para la producción de vegetales directamente. Además, en estas cifras aparecen los grandes productores certificados, pero no son visibles todos los agricultores que a pequeña escala producen y comercializan sin certificación, o la gente que simplemente cultiva para consumo propio.

 

La tierra y sus recompensas

El cultivo de alimentos ecológicos por parte de productores y empresas está bien y es necesario. Pero aunque sea a pequeña escala es muy interesante participar en este proceso a nivel personal; descubrir que se tiene la capacidad de generar los propios alimentos es una experiencia transformadora y requiere un aprendizaje lleno de valores necesarios para los retos que nos deparan. Esta práctica es una de las más evidentes cuando se habla de piensa globalmente y actúa localmente. Acercarnos de forma íntima y personal a la tierra nos vincula con la vida, con nosotros mismos y con el futuro. Nos hace más humanos y solidarios. Nos hace más humildes porque exponemos nuestro trabajo y esfuerzo a las condiciones meteorológicas, y nos obliga a ser más observadores, pacientes, y a seguir aprendiendo cada día. Nos hace más libres, más reales, y también nos fuerza a repensar la relación con nuestros residuos orgánicos.

recogiendo en el huerto

Cultivar algunos alimentos para autoabastecerse es un entretenimiento saludable, relajante, inteligente y cargado de recompensas.

Esta práctica pues, representa una actividad llena de sentido pero que a nivel físico y espiritual también es muy positiva. El cultivo en el huerto, en el suelo o en mesas de cultivo o macetas, requiere de una cierta actividad física y propicia la relajación mental, así como estimula los sentidos. Los motivos justifican ese auge de los huertos urbanos en la actualidad.

 

Con las manos en la tierra

Las experiencias se multiplican. Desde escuelas a abuelos, con todas las gamas intermedias, del campo a la ciudad, se está formando un batallón de cultivadores motivados y felices que van contagiando esta fiebre cada vez a más gente. En Fundación Tierra inauguramos en 2012 un proyecto destinado a escuelas (Primaria) y público general en Barcelona llamado La Despensa Vital (El Rebost Vital, en catalán).

Estas prácticas son muy interesantes en todas la edades, e incluso son una buena manera de hacer un trabajo intergeneracional, en el que los mayores pueden explicar sus conocimientos a los jóvenes, y los jóvenes pueden aportar ilusión y energía.

huertos terrazas

Una ciudad puede esconder miles de espacios fértiles con algunos materiales, imaginación, curiosidad e ilusión.

 

Mayores activos

Con respecto a las personas mayores hay experiencias muy bonitas e interesantes. Hay muchas personas que viven en las ciudades, donde no hay espacio para tener el terreno de cultivo que mantiene entretenidos y vitales a abuelos que viven en el campo. Así se está agudizando el ingenio para poder acercar esta práctica a las ciudades ya que se trata de una actividad que ilusiona a sus practicantes, les permite relacionarse con más gente, moverse de forma moderada, seguir aprendiendo y compartiendo experiencias, cultivar alimentos sanos para comer en casa, etc.

Algunas ciudades buscan algunos espacios verdes para organizar parcelas que se ceden a jubilados, y que por sorteo, y durante unos años, pueden trabajar, siempre con sistemas ecológicos.

avis horts

Para la gente mayor el huerto es un espacio de distracción, actividad física, conocimiento y encuentro.

 

Casales pioneros

Otra experiencia a destacar es la apuesta que están haciendo algunos centros de personas mayores (casals d’avis, en catalán) en Barcelona. Estos espacios, gestionados por la Cooperativa Encís, hace un par de años que cuentan con talleres dinamizados de huertos urbanos. Los usuarios de los centros pueden inscribirse en el taller cada trimestre y, siguiendo las indicaciones y consejos de un dinamizador, un experto en agricultura ecológica, van trabajando mesas de cultivo ubicadas en las terrazas soleadas de los centros. Se trata de un taller muy interesante, que requiere el primer año una inversión en equipamiento, pero que después puede mantenerse muy fácilmente.

Los abuelos y las abuelas que participan en los talleres están encantados con la actividad y orgullosos de cómo su trabajo semanal va dando sus frutos, que pueden ver el resto de usuarios del centro y, a menudo, hijos y nietos que van a ver de dónde salen las ricas lechugas y las habas que traen los abuelos de sus huertos urbanos en las comidas familiares. Sus avances y progresos los van reflejando en su blog periódicamente.

regando huerto

Algunos recuperan la práctica que conocieron de jóvenes y otros descubren un nuevo mundo que les conecta con los ritmos de la tierra.

Las sesiones dinamizadas son de gran interés, porque se combinan explicaciones teóricas sobre semillas, agricultura ecológica, variedades locales de alimentos, sanidad vegetal, plantel, riego y otros con la práctica. También se combinan visitas fuera del casal a espacios de interés (otros huertos urbanos, jardines botánicos, exposiciones…) y debates o visionados de películas relacionadas con temas ambientales que se comentan y se generan tertulias de reflexión sobre la crisis ambiental actual. El papel del dinamizador en la programación, coordinado por la Fundación Tierra, es fundamental para mantener el interés y seguir aportando recursos, a parte de poseer las capacidades sociales para adaptarse a la dinámica de cada grupo.

El dinamizador se encarga de desarrollar un programa de actividades adaptándose a las preferencias del grupo y a la meteorología.

Además, en estos centros se procura que el taller siga un ciclo cerrado y sea lo más autónomo posible. Por eso se incorporaron al poco de empezar unas cajas de vermicompostaje, para compostar los restos del huerto y poder fertilizar de nuevo la tierra de la forma más sana y buena posible, y ahora se están estudiando sistemas de recogida de agua pluvial para mirar de reducir el uso de agua corriente para el riego, aunque este es con sistema programado, y por lo tanto, muy reducido.

La apuesta que Encís ha hecho por estas actividades en los casales es valiente, pero compensa conocer la satisfacción de los participantes con la actividad, que siempre que les es posible van repitiendo y van creando un grupo muy unido y vital. Parece que a medida que los abuelos siguen trabajando en ello y explicándolo a conocidos, hay más público interesado en poder gozar de una actividad de este tipo en su barrio, una propuesta que puede extenderse en más espacios.