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Un mundo que se calienta implica tormentas más destructivas

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Una temperatura más alta del agua superficial en los océanos tropicales también proporciona más energía a los sistemas de tormentas tropicales, hecho que genera huracanes y tifones más destructivos. Imagen: NASA.

Una temperatura global elevada trae con ella una serie de amenazas, incluyendo el aumento del nivel del mar y más olas de calor que secan las cosechas. Una temperatura más alta del agua superficial en los océanos tropicales también proporciona más energía a los sistemas de tormentas tropicales, hecho que genera huracanes y tifones más destructivos. La combinación del aumento del nivel del mar, tormentas más poderosas y oleajes más fuertes asociados a las tormentas puede ser devastadora.

Fenómenos que se alimentan, efectos devastadores

En agosto de 2005 se puso de manifiesto cuán devastadora puede ser esta combinación, cuando el huracán Katrina llegó a la costa del golfo de EE.UU, cerca de Nueva Orleans. En algunas ciudades de la costa del golfo, la gran ola de 8,5 metros (28 pies) generada por el Katrina no dejó una sola estructura en pie. Nueva Orleans sobrevivió al golpe inicial, pero quedó inundada cuando los diques interiores se resquebrajaron y el agua lo cubrió todo, en la mayor parte de la ciudad, a excepción de los tejados, sobre los que quedaron aisladas miles de personas. Todavía en agosto de 2006, un año después de que la tormenta hubiera pasado, seguía habiendo áreas dañadas de la ciudad sin suministro de agua o energía, sin servicio para la recogida de aguas residuales y basura y sin telecomunicaciones.

Con las alarmas que anticipaban el avance de la tormenta y la llamada oficial a evacuar las zonas costeras, aproximadamente un millón de personas evacuadas huyeron hacia el norte, a Luisiana, o a los estados colindantes de Tejas y de Arkansas. De ellos, más de 200.000 todavía no han vuelto a casa y probablemente nunca lo harán. Estas personas evacuadas a causa de la tormenta son la primera gran oleada de refugiados del clima del mundo.

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Las zonas costeras tropicales son unas de las más vulnerables a los efectos del cambio climático, por su exposición al aumento del nivel del mar y a los fenómenos extremos como huracanes y tifones. Imagen: Wikimedia Commons.

El Katrina fue el huracán más destructivo posible, en términos financieros, de los que jamás hayan llegado a tierra. Fue uno de los ocho huracanes que golpearon el sudeste de Estados Unidos entre 2004 y 2005. Como resultado de los daños sin precedentes que causó, las primas de los seguros se han duplicado, triplicado e incluso, en algunas situaciones de especial vulnerabilidad, se han multiplicado por diez. Este salto enorme en los costes de los seguros está haciendo bajar el valor de las propiedades inmobiliarias costeras y está desplazando gente y negocios en otros estados altamente expuestos, como Florida.

La devastación causada por el Katrina no fue un incidente aislado. En el otoño de 1998, el huracán Mitch -una de las tormentas de mayor alcance salidas del Atlántico, con vientos de cerca de 322 kilómetros por hora (200 millas por hora)- golpeó la costa este de América Central. Dado que las condiciones atmosféricas pararon la progresión normal de la tormenta, se llegaron a descargar unos dos metros de lluvia en algunas partes de Honduras y de Nicaragua en tan sólo algunos días. El diluvio derrumbó hogares, fábricas y escuelas, dejándolos en ruinas. Destruyó caminos y puentes. El setenta por ciento de las cosechas y de la cubierta orgánica del suelo en Honduras fue arrastrada por el agua; una cubierta orgánica que había sido acumulada a lo largo de períodos, a una escala de tiempo geológica. Los enormes aludes de lodo destruyeron las aldeas, enterrando algunas poblaciones locales.

La tormenta dejó 11.000 muertos. Un millar más, enterrados o arrastrados al mar, nunca fueron encontrados. Las infraestructuras básicas -caminos y puentes en Honduras y Nicaragua- fueron destruidos en gran parte. El presidente Flores de Honduras lo resumió de este modo: “En suma, lo que nos había llevado cincuenta años construir fue destruido en unos días”. El daño causado por esta tormenta, que excedió el producto interior bruto anual de los dos países, hizo retroceder su desarrollo económico veinte años.

En 2004, Japón experimentó un registro de diez tifones, que causaron colectivamente pérdidas por valor de 10 mil millones de dólares. Durante la misma estación, Florida fue golpeada por cuatro de los diez huracanes más costosos de la historia de Estados Unidos. Estos cuatro huracanes juntos generaron demandas de seguros por valor de 22 mil millones de dólares.

El coste económico del desastre

En este contexto, a las compañías de seguros y reaseguros les resulta difícil calcular un nivel seguro de primas, puesto que el registro histórico usado tradicionalmente para sus cálculos ya no funciona como una guía para el futuro. Por ejemplo, el número de desastres en cuanto a inundaciones importantes ha aumentado durante las últimas décadas en todo el mundo, pasando de seis inundaciones importantes en los años 50 a las veintiseis inundaciones de los años 90.

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La mayor incidencia e intensidad de los fenómenos meteorológicos extremos está provocando pérdidas económicas crecientes y poniendo en apuros al sistema de seguros. Imagen: Wikimedia Commons.

Los aseguradores están convencidos de que con temperaturas más altas y más energía impulsando los sistemas tormentosos, las pérdidas futuras serán incluso mayores. Les preocupa si la industria podrá mantener su solvencia o no, bajo esos impactos con daños cada vez mayores. También se preocupa el Moody’s Investors Service, que ha reducido varias veces la capacidad acreedora de algunas de las principales compañías reaseguradoras del mundo durante los últimos seis años.

Thomas Loster, experto del clima en Munich Re, una importante compañía reaseguradora, dice que el balance total de catástrofes naturales actualmente “está dominado por los desastres relacionados con el tiempo, muchos de ellos excepcionales y extremos. Necesitamos parar este peligroso experimento que la humanidad está llevando a cabo en la atmósfera terrestre”.

Munich Re ha publicado una lista de desastres naturales con pérdidas de mil millones o más para los asegurados. El primero llegó en 1983, cuando el huracán Alicia golpeó Estados Unidos, provocando 1.500 millones en pérdidas en bienes asegurados. De las cincuenta y ocho catástrofes naturales con mil millones o más de pérdidas en bienes asegurados registradas hasta finales de 2006, tres eran terremotos, incluyendo el devastador tsunami asiático del año 2004 generado por un terremoto; los otros cincuenta y cinco eran eventos relacionados con la meteorología: tormentas, inundaciones, huracanes o incendios. Durante los años 80, hubo tres acontecimientos de este tipo; durante los años 90, hubo veintiseis; y tan sólo entre 2000 y 2006 hubo veintiseis.

Antes del huracán Katrina, los dos mayores acontecimientos en términos de daños totales fueron el huracán Andrew en 1992, que derrumbó 60.000 hogares y generó daños que se estiman en 30 mil millones de dólares, y la inundación de la cuenca de río Yangtze en China, en 1998, que se calcula que también costó 30 mil millones, una suma comparable al valor de la cosecha de todo el arroz de ese país. Una parte del creciente peaje que se está pagando en forma de daños es debido al mayor desarrollo urbano e industrial en zonas costeras y en terrenos aluviales. Pero una parte se debe a las tormentas cada vez más destructivas.

 

Zonas vulnerables e incidencia creciente de fenómenos extremos

En el oeste, las regiones más vulnerables en este aspecto son actualmente las costas de Atlántico y del golfo de los Estados Unidos y los países caribeños. En el este, son las del este y sureste de Asia, incluyendo China, Japón, Filipinas, Taiwán y Vietnam, que son las regiones con más probabilidades de llevarse la peor parte en lo que respecta a las tormentas de gran alcance que cruzan el Pacífico. En la bahía de Bengala, Bangladesh y la costa este de India son particularmente vulnerables.

Europa occidental, que experimentaba tradicionalmente una tormenta de invierno fuertemente dañina quizás una vez en un siglo, tuvo su primera tormenta de invierno de más de mil millones de dólares en daños en 1987. Causó destrozos por valor de 3.700 millones de dólares, de los cuales 3.100 millones fueron cubiertos por el seguro. Desde entonces, Europa occidental ha tenido nueve grandes tormentas invernales, con pérdidas que se han extendido a partir de los 1.300 millones hasta los 5.900 millones.

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Los costes económicos de los efectos extremos provocados por el cambio climático superarían, y de largo, los costes de recortar las emisiones para evitarlos. Es necesaria una reacción de toda la sociedad y empezar a actuar. Imagen: Wikimedia Commons.

A medida que el clima cambia, se esperan acontecimientos meteorológicos más extremos. Andrew Dlugolecki, consultor sobre cambio climático y sus efectos sobre las instituciones financieras, observa que los daños provocados por acontecimientos atmosféricos relacionados con el cambio climático han aumentado aproximadamente un diez por ciento al año. “Si dicho aumento continuara indefinidamente”, observa, “hacia el año 2065 los daños asociados a las tormentas excederían el Producto Mundial Bruto. Obviamente, el mundo debería hacer frente a una bancarrota mucho antes de llegar a ese punto”. Pocas tendencias con un crecimiento anual de dos dígitos se mantienen durante varias décadas, pero el argumento básico de Dlugolecki es que el cambio de clima puede ser destructivo, desequilibrante y muy costoso.

Si permitimos que el clima se escape de nuestro control, nos arriesgamos a tener costes financieros enormes. En un informe de 2006, el anteriormente economista jefe del Banco Mundial, Nicholas Stern, proyectó que los costes a largo plazo del cambio climático podrían exceder el veinte por ciento del Producto Bruto Mundial. En comparación, los costes a corto plazo de recortar las emisiones de gases de efecto invernadero para estabilizar el clima, que Stern estima en cerca del dos por ciento del Producto Mundial Bruto, son una ganga.

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Adaptado del capítulo 3, “Raising Temperatures and Rising Seas”, en el libro de Lester R. Brown, Plan B 3.0: Mobilizing to Save Civilization (New York: W.W. Norton & Company, 2008), disponible en www.earthpolicy.org/Books/PB3/index.htm.